Mostrando entradas con la etiqueta Leyendas literarias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Leyendas literarias. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de abril de 2010

Algunas últimas palabras

Más en la leyenda que en la historia, siempre me han gustado las últimas palabras atribuidas a algunos grandes hombres. Me voy a centrar en tres escritores, cómo no, muy diferentes, que se despidieron cada uno a su manera.
-
- El gran Lope (¡qué sonetos! alguno ha aparecido por aquí) no pudo aguantarse más de algo que debió reconcomerle durante mucho tiempo. Así, dijo ya en su lecho mortal: "Nunca he podido soportar al Dante. Me da náuseas...". Como dice mi admirado Wiesenthal, "dejó a un lado todos los respetos literarios". Y es que no debe ser fácil declarar algo así y seguir pasando por escritor respetado...
-
- Paul Valéry, incorporándose del lecho hacia su biblioteca, contemplándola, suspiró: "¡Todo eso no vale lo que valen un par de buenas nalgas!". Pues eso, que en ocasiones algunos se retratan por sí mismos...
-
- Acabo con mi querido Wilde, y su famoso "Muero como he vivido: por encima de mis posibilidades". Y es que éstas desde luego no le daban para hacerlo en un gran hotel bebiendo champagne. Otro que se retrata (nunca mejor dicho) incuestionablemente bien, y en el caso de Wilde desde luego no esperó al final, lo estuvo haciendo toda la vida.
-
Reales o no, nos dan que pensar. Todos odiamos a algún autor respetado, y nos lo guardamos (bueno, Superfucker no), pensamos alguna vez en el beneficio intelectual frente al carnal, simplificando, y vivimos, dentro de un límite, por encima de nuestras posibilidades. En muchos sentidos.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Oscar Wilde, genial hasta el fin

No descubro nada nuevo si afirmo que Wilde aparece en incontables ocasiones si se buscan frases ingeniosas, réplicas (dentro de su obra literaria o en su vida real) u ocurrencias en general. Fue único cultivando esa imagen de refinado y culto personaje que aún hoy tenemos de él. Y lo hizo hasta el final: tras la penosa experiencia de pasar por prisión, lo que acabó con él económica y anímicamente, se exilió a Francia, donde moriría en un gran hotel y bebiendo el mejor champagne disponible. "Muero como he vivido, por encima de mis posibilidades", sentenció.
-
Personalmente, tengo mucho aprecio por Wilde. Son buenos sus cuentos (que a Superfucker le encantan), ingeniosas sus obras teatrales (las comedias fueron un exitazo en su tiempo, Salomé es otra cosa, que no se entendió) y sencillamente muy buena su única novela, la famosa El Retrato de Dorian Grey. Como ensayista tampoco es menor, aunque le puede la ironía frente a las ideas (véase La decadencia de la mentira). La poesía es menor, pero tiene su gracia. En definitiva, un autor al que tener a mano, aunque sea para arrancarnos una sonrisa fina cuando haga falta.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Stendhal y el escritor novel

Los escritores, como personas engreídas que son, se han preocupado de pasar a la posteridad como brillantes ejecutores de réplicas. Aquí, Wilde es el amo, aunque no hay que olvidar a Nabokov, Twain o Quevedo. Stendhal también era un brillante conversador, y toda su vida procuró que las futuras generaciones no lo olvidaran. Al quererse mucho, sólo hay que leer Vida de Henry Brulard, quería también ser amado, esto es, recordado.
La historia que nos ocupa es de aquellas imposibles de situar temporal o geográficamente, pero eso es lo de menos. El caso es que al gran escritor, ya consagrado (bueno, en realidad no fue ampliamente conocido en vida) se le acercó un joven que insistentemente le pedía un tema para escribir su primera novela. Stendhal le evitó educadamente, pero el joven insistió, hasta que recibió su respuesta: "Un hombre y una mujer se enamoran. Ahí tiene usted su novela."
Y cuánta razón tenía. Simplificando, la novela del XIX se explica con escenarios realistas a ese tema universal. Pensad en Bovary, las propias de Stendhal, Karenina... Y es que Stendhal, voluntariamente o no, siempre ha sido un maestro.

viernes, 17 de octubre de 2008

Rimbaud

Arthur Rimbaud (1854-1891) es el perfecto poeta maldito. La cosa no empezó mal: el joven Arthur impresionaba a sus profesores siendo capaz de componer perfectos poemas en latín con catorce años. Nada hacía pensar que, poco después, iba a aparecer en París, para establecerse en casa del también poeta Paul Verlaine, oliendo “como un cerdo”, sucio hasta lo indecible, lleno de piojos y mostrando unos modales insoportables. Aun así, Verlaine se fugó con él, abandonando su burgués hogar, para emprender varios años de escándalo continuo. Nunca he entendido qué le pasó a ese chaval de provincias para pasar de un extremo a otro de la vida.

El hecho es que Rimbaud escribió su obra en cuatro años, de 1871 a 1874, o sea de los diecisiete a los veinte. Y cambió la poesía para siempre. Sus Iluminaciones o su Una temporada en el infierno marcaron el camino hacia la modernidad en la poesía, que había iniciado otro gran poeta francés unos años antes: Charles Baudelaire.

Todo lo que viene después es una sucesión de huidas, hacia Java, Yemen y luego Etiopía, siempre envuelto en comercios truculentos (armas seguro, probablemente esclavos). Se cuenta que en África le encontró un compatriota, que le comunicó el éxito que estaba alcanzando entonces su poesía en Francia. Rimbaud respondió un “merde pour la poesie” que le define. Si hubiera sido más sincero hubiera ampliado hasta un “merde pour la vie”, que abandonó en Marsella, agotado tras una penosísima peregrinación, enfermo, desde África con porteadores y todo tipo de aventuras y tras amputársele una pierna a su llegada al país galo. Una escena final la ofrece en su lecho de muerte, donde se niega a recibir la extremaunción. Su madre, severísima, antítesis de la maman de Proust, hace inscribir en su tumba un epitafio aplastante: Rogad por él.



viernes, 11 de julio de 2008

Nuevo apartado: Leyendas literarias

Los escritores, como personajes egoístas que son, a menudo se preocupan y mucho de generar leyendas alrededor de sí mismos. En otros casos, no se sabe el origen de la misma, pero en cualquier caso lo cierto es que existen multitud de historias sobre escritores a las que, en el peor de los casos, se les puede aplicar aquello de si non e vero e ben trovato.

Quiero estrenar esta idea con una historia de Juan Rulfo, autor inimitable de Pedro Páramo y El llano en llamas. La he encontrado en La vanguardia digital:

http://www.lavanguardia.es/lv24h/20080710/53499153659.html

Bueno, no está mal para empezar: misteriosa, ligada a su obra clave...